El 1º de mayo y la clase más poderosa de la historia

Reproducimos esta nota publicada en el periódico semanal La Verdad Obrera el 19 de abril de 2012.

Este 1º de Mayo realizaremos un acto obrero e internacionalista con el Frente de Izquierda en Plaza de Mayo. En estas páginas, queremos acercar a nuestros lectores, reflexiones estratégicas sobre la experiencia histórica de la clase obrera de cara a la crisis capitalista mundial.

Este 1º de mayo, una vez más, marcharemos en memoria de los heroicos obreros anarquistas y socialistas que en 1886 dieron su vida por la jornada de ocho horas, y para decir bien fuerte que los trabajadores tenemos que luchar para que la crisis la paguen los capitalistas.

Este 1º de Mayo cobra un sentido particular porque la crisis capitalista ha hecho emerger el fantasma de la lucha de clases. Miremos Europa. El viejo continente convertido en escenario de la resistencia obrera y popular a las medidas de ajuste que los patrones, banqueros y sus gobiernos descargan contra las masas. La lucha de los mártires de Chicago está presente en todos aquellos/as que enfrentan los despidos, las rebajas salariales, el aumento de la edad jubilatoria, las privatizaciones y una mayor flexibilización. Sus banderas flamearon en los paros generales de Grecia, en la huelga del Estado Español, en la resistencia que los jóvenes comienzan a dar en el corazón de Estados Unidos. O en las grandes rebeliones de Egipto y Túnez.

En los ’90, el “neoliberalismo” impuso la idea de que la clase obrera había dejado de existir. La burguesía y sus intelectuales repetían esa cantinela mientras seguía extrayendo sus ganancias del trabajo no pagado al obrero, de la plusvalía que se obtiene al quitarle a los trabajadores la porción de trabajo no remunerado por el salario.

La crisis actual vuelve a demostrar que lo único obsoleto es el capitalismo. Y los que fueron dados por muertos siguen estando, como diría la canción, por “siempre jóvenes”. La clase obrera somos cada vez más: una fuerza de más de 2.500 millones de personas que diariamente hace mover al mundo. Somos los que producimos alimentos; los que fabricamos y movemos todas las mercancías; construimos las ciudades y rutas; damos clases en las escuelas y atendemos en los hospitales. En Argentina, la clase trabajadora -contando a nuestros hijos y padres ya jubilados – somos cerca del 75% de la población. Los capitalistas y sus agentes -los políticos patronales y burócratas sindicales- quieren evitar que ese poder social se desarrolle. La crisis mundial lo pondrá a prueba. Por el momento, las primeras repuestas de los trabajadores a la crisis le hicieron recordar a la burguesía esa máxima que lanzara Federico Engels: “el pie de su verdugo está en umbral”.

180 años de tradición gloriosa

El capitalismo ha llevado a la humanidad a crisis periódicas, donde las hambrunas, las guerras, las dictaduras militares y el fascismo, fueron, son y serán “instrumentos” del propio sistema para responder a sus contradicciones. Y si ésta es la historia de la burguesía, la nuestra, la de la clase obrera, está abonada por 180 años de heroicas batallas por su emancipación y por la de los pueblos que el imperialismo oprime.

La clase obrera ha sido además el sustrato indispensable para que grandes intelectuales como Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Gramsci y tantos otros puedan crear y desarrollar el marxismo con su crítica científica de la explotación capitalista, su “concepción del mundo” basada en la dialéctica materialista, con la interpretación materialista de la historia, con la teoría de la revolución permanente y el programa transicional, no como creaciones exteriores sino partiendo de la experiencia histórica del proletariado para penetrar en sus filas para luchar por la emancipación y sintetizar las conclusiones de sus triunfos y derrotas en la lucha contra el capital.

Sindicatos, partidos de trabajadores y “conquistas sociales”

Desde su nacimiento, la clase obrera construyó sindicatos y partidos obreros (nacionales e internacionales) que en pocas décadas agruparon a millones de trabajadores y, a través de la lucha de clases, arrancaron conquistas como la jornada de 8 horas, las vacaciones pagas, el aguinaldo, las jubilaciones y los servicios de salud.

En 1864 se crea la I Internacional. Siete años más tarde con la Comuna de Paris, los proletarios se levantarán en armas estableciendo su propio gobierno. Los Comunards (comuneros) pagarán con su sangre la osadía de “tomar el cielo por asalto”. El capitalismo logra estabilizarse, pero en ese periodo, la clase trabajadora funda la II Internacional y construye partidos obreros y socialistas de masas que, como en Alemania y otros países, utilizan la “táctica parlamentaria” a la vez que se fortalecen en los sindicatos. Pero ese desarrollo se da bajo el dominio de un capitalismo que se está convirtiendo en imperialista y que no tarda en cooptar a las direcciones de las capas más altas del proletariado. Surgirá la burocracia sindical y las tendencias reformistas tomarán el control de los partidos obreros que, abandonando el internacionalismo proletario, terminarán apoyando a sus respectivas burguesías en la Primera Guerra Mundial.

Revoluciones

La Gran Guerra trae padecimientos inauditos para las grandes masas y los fuegos de la Comuna, vuelven a encenderse en Rusia. Por primera vez en la historia, la clase obrera derrota a la burguesía y toma el poder. La naciente republica basada en consejos de obreros, campesinos y soldados (“soviets”) que ejercen la democracia directa, pone fin a la guerra, expropia a los terratenientes y entrega la tierra a los campesinos, otorga la autodeterminación de las nacionalidades, da libertades inéditas a las mujeres como el derecho al aborto; y expropia a los capitalistas estableciendo la planificación de la producción.

Esta primera revolución fue posible por la existencia del Partido Bolchevique, un partido de trabajadores revolucionario e internacionalista, templado en años de persecuciones y exilio; en luchas económicas y en grandes luchas políticas. Que supo apropiarse y recrear lo más avanzado de la teoría marxista y que tenía una dirección probada en la lucha de clases, la de Lenin y Trotsky. Este partido impulsará la creación de la III Internacional.

Sin embargo, la URSS quedará aislada debido a que los procesos revolucionarios de Europa (sobre todo en Alemania) son traicionados o derrotados a sangre y fuego. Esas derrotas permiten el ascenso de una burocracia (el stalinismo) que convierte a la III Internacional en su apéndice; traiciona la lucha contra el fascismo y masacra a lo mejor de la vanguardia bolchevique a fines de los ’30.

Sin el rol jugado por el stalinismo, es imposible comprender por qué el capitalismo pudo sobrevivir durante el siglo XX.

Las derrotas de los ’30 impidieron frenar el camino hacia la Segunda Guerra Mundial, con su cortejo de muerte, campos de concentración, bombas atómicas y barbarie. Pero nuevamente la guerra será partera de revoluciones. Finalizada la guerra, se abren procesos revolucionarios (Francia, Italia y Grecia) donde el stalinismo es clave para evitar el triunfo. El imperialismo logra las condiciones para relanzar las economías europeas devastadas, y a cambio de ceder conquistas a los trabajadores con el “Estado de bienestar”, aleja los procesos revolucionarios de los centros capitalistas. En paralelo, revoluciones y guerras de liberación nacional se extienden por el “tercer mundo”. La burguesía será expropiada en Yugoslavia y luego en China en 1949. Pero estas revoluciones, así como la expropiación de los capitalistas en Europa del Este, estarán marcadas por el surgimiento de nuevas burocracias. En América Latina, en 1959 el triunfo de la Revolución Cubana, desmentirá la tesis de los PC locales respecto que nuestros países eran “inmaduros” para imponer el poder obrero y campesino y expropiar al imperialismo y la burguesía.

Lucha de clases y autoorganización

La clase obrera volverá a dar muestras de voluntad de lucha y capacidad de autoorganización, con el ascenso abierto con el Mayo Francés del ‘68, el Otoño Caliente Italiano y la Revolución Portuguesa de 1974. En América Latina, se abre un proceso revolucionario en el Cono Sur con los Cordones Industriales chilenos o el Cordobazo argentino. Las movilizaciones en EE.UU. contra la Guerra de Vietnam mostraron que ni el centro del mundo se salvaba. En este período, la clase obrera se rebeló también contra el dominio de la burocracia. En Checoslovaquia, en Polonia, en Yugoslavia, y nuevamente en Polonia en 1980-81, donde las fuerzas opositoras a la burocracia no podrán evitar que fuerzas afines a la Iglesia Católica frustraran el desafío a la burocracia.

El último ascenso revolucionario fue derrotado por una combinación de desvíos en Europa y represión abierta en países como Argentina, Chile, Uruguay, México y Brasil. Esas derrotas permitieron que el “neoliberalismo” abriera una etapa de Restauración Burguesa que duró 30 años. En medio de la crisis económica por la imposibilidad de construir el socialismo aisladamente en un mundo dominado por el imperialismo y ante los nuevos levantamientos en 1989-91, las burocracias stalinistas liquidarán la propiedad nacionalizada para consumar la restauración capitalista.

Una nueva etapa

Ante la emergencia de la lucha de clases, no faltan quienes hablan del “atraso” de las masas y pronostican el fracaso de la clase obrera. Se apoyan en el peso de las direcciones sindicales burocráticas, en las falsas ilusiones en populistas de derecha o en variantes reformistas de centroizquierda. Pero no hay nada asombroso. Treinta años de retroceso no son en vano. Derrotas como las del Cono Sur latinoamericano dejan huellas. El derrumbe patético de los países llamados socialistas marcó negativamente la conciencia de millones. Pero a la nueva realidad hay que verla en su dinámica. Pese a las derrotas, la crisis mundial está haciendo que millones vuelvan a las calles y a las huelgas; y cuando de estas acciones se pase a las insurrecciones, será allí donde la clase obrera logrará sacarse de encima, más rápido de lo que muchos creen, la pesada carga de derrotas y traiciones de años anteriores.

El propio capitalismo es quien hace emerger con las crisis, sus propias contradicciones y la irrupción de la clase obrera. Y cuando la clase obrera se pone en movimiento es un torrente incontrolable, cambia lo existente, pasa por arriba del poder establecido, sorprende y crea nuevas formas de organización y lucha. El estallido, la huelga, la revolución, serán parte de la historia hasta que ésta termine con las causas que la generan. Mientras tanto, veremos a la clase obrera emerger y sumergirse para volver a salir. Las derrotas y traiciones estarán también a la orden del día. Siempre la burguesía pondrá a la clase obrera ante la disyuntiva de luchar o sufrir su propia decadencia y más temprano que tarde, los esclavos modernos tomarán el camino de la lucha abierta, aprenderán de las peleas pasadas y buscarán el camino a la victoria, para huir de la barbarie.

La clase obrera argentina, su experiencia con el peronismo y la izquierda

La generación actual de la clase obrera argentina viene remontando la herencia del genocidio de la Dictadura y los desastrosos gobiernos radicales y peronistas “democráticos”.

A mediados de los ’90 los desocupados comenzaron a construir una nueva historia con los levantamientos en Cutral Có, Tartagal, General Mosconi y Jujuy. Cuando De la Rúa quiso continuar con la política menemista recibió en respuesta primero los paros generales y luego nuevos levantamientos de los desocupados. Las Jornadas revolucionarias de diciembre de 2001 acabarán con su gobierno.

Para estabilizar la situación, el peronismo tuvo que cambiar de política. La clase obrera ocupada fue mayoritariamente sacada de escena gracias a la acción de su dirección burocrática y el terror a la hiperdesocupación. El movimiento piquetero fue golpeado muy duro con el asesinato de Kosteki y Santillán. Mientras, un sector de avanzada de los trabajadores ocupados supo mostrar en pequeño gran potencialidad. Más de 200 fábricas fueron ocupadas y puestas a producir. Allí brillaron Brukman y Zanón que pelearon por la estatización bajo administración obrera y le mostraron al mundo que de un lado existe una clase parásita que vive de la explotación del trabajo ajeno, y del otro trabajadores que no se resignan a perder su puesto de trabajo, capaces de organizar la producción sin necesidad de sus explotadores.

Bajo el kirchnerismo, y al calor del crecimiento económico, los trabajadores, aún con ilusiones en el gobierno, comenzaron a hacer sus primeras armas de lucha, comprendiendo cómo actúan los distintos sectores del peronismo: el aparato de Estado, los intendentes y gobernadores administradores de la redes clientelares, las alas de la burocracia sindical. Desde 2004 se inicia un proceso de luchas obreras. A la huelga telefónica de 2004, se sumó el Garrahan, el Subte, Jabón Federal, el Casino Flotante, Maffisa, Fate y la gran huelga de Kraft contra los despidos en 2009 que paraliza la fábrica durante 37 días, corta 11 veces la Panamericana y gana un amplio apoyo popular. El PTS fue parte de este proceso con sus triunfos y derrotas. Desde Zanon conquistando el Sindicato Ceramista a Jabón Federal donde no pudo evitarse una derrota parcial. Nuestro rol en la histórica lucha de Kraft, donde conquistamos la Comisión Interna, no fue obra del azar sino del trabajo paciente realizado previamente, trabajo que en momentos de lucha abierta muestra lo que puede llegar a ser la fusión entre un partido revolucionario y sectores avanzados de la clase obrera.

Tareas preparatorias para formar una corriente revolucionaria en la clase obrera

El PTS participa hoy en muchos procesos de lucha y organización. Formamos listas antiburocráticas en los grandes sindicatos. Pero por más importantes que sean estos procesos sabemos que no resuelven por sí mismos el problema de fondo que condena a la clase obrera a la miseria. Participamos en ellos con fuerza, no porque creamos que evolutivamente la clase obrera conquistará por esas vías un buen lugar en esta sociedad burguesa, sino porque en esa lucha, la clase va reconociendo sus fuerzas, identifica a sus aliados y enemigos, y en definitiva se prepara para la lucha abierta contra los capitalistas, sus partidos y su Estado.

También impulsamos el Frente de Izquierda que ha permitido que muchos trabajadores se acerquen a las ideas socialistas. Pero no somos electoralistas. Sabemos que nuestros objetivos se lograrán con la movilización revolucionaria de los trabajadores y los explotados.

Por una dirección política revolucionaria de la clase trabajadora

Tarde o temprano, la crisis capitalista golpeará más dura y directamente en nuestro país y la clase obrera se enfrentará a situaciones decisivas. Para vencer se necesita una organización política templada en la lucha previa, llena de confianza en que los trabajadores pueden no sólo hacer huelgas sino también levantamientos, insurrecciones, consejos obreros y revoluciones. Si queremos terminar con la explotación capitalista, los trabajadores tenemos que actuar políticamente. Por eso necesitamos construir nuestro propio partido revolucionario. 180 años de lucha demuestran que la burguesía no cederá el poder sino es obligada por la acción violenta y revolucionaria de los trabajadores. La dominación capitalista no es inexpugnable, hubo grandes derrotas, pero también victorias revolucionarias.

Los trabajadores no necesitamos recorrer el camino desde cero, podemos partir de lo más avanzado conquistado históricamente. Por ello reivindicamos la tradición que mantuvo viva la experiencia revolucionaria del marxismo frente a su deformación estalinista y socialdemócrata, el trotskismo, la que con la fundación de la IV Internacional (1938) recogió las mejores enseñanzas y experiencias. Esa Internacional es la que queremos reconstruir para que la clase obrera alcance la victoria.

Como parte de este combate, en nuestro país nos proponemos construir un partido de trabajadores revolucionario, con miles de obreros y jóvenes socialistas. Ese Partido hay que construirlo hoy porque en medio de las situaciones más agudas no puede improvisarse. Y sus objetivos deben ser claros: luchamos por la total liberación material y espiritual de la clase trabajadora y el pueblo pobre. No es posible hacerlo más que mediante el derrocamiento revolucionario de la burguesía y la destrucción de su Estado cuyos pilares son las FF.AA.y de represión que serán usadas cuando nuevas generaciones cuestionen su dominio.

Sólo un gobierno obrero y popular, basado en la autoorganización de los trabajadores y los explotados y surgido de una revolución, puede comenzar a construir una sociedad socialista, expropiando a los grandes monopolios, utilizando los recursos que hoy son apropiados por los terratenientes, los banqueros, los capitalistas.

Sabemos por experiencia histórica que una sociedad socialista no puede sostenerse en un solo país en los marcos de la economía mundial capitalista. El internacionalismo, entonces, es una necesidad objetiva, la de impulsar la revolución internacional para derrotar definitivamente a los capitalistas y construir una sociedad comunista donde todas las fuerzas productivas se centralicen y de esa forma cada uno realmente pueda otorgar según sus posibilidades y recibir según sus necesidades, donde el Estado y las fuerzas de represión sean parte del pasado histórico, porque ya no tendrán sentido al acabarse la división de clases.

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